Cuentos que cuentan

Encontrarás aquí un par de cuentos diferentes a los que estamos acostumbrados a leer y contar. Se caracterizan por tener casi siempre un final abierto y pretenden llevar a los niños o jóvenes a una reflexión sobre los diversos temas que pueden aparecer dentro del cuento.

CUENTO NÚMERO 1

UNA PRINCESA ENCANTADA Y UN AMIGO INTELIGENTE

Hay una ciudad en la antigua India llamada Benarés, residencia del dios Shiva, una divinidad mayor del panteón hindú que simboliza la destrucción inminente a la que está solicitada toda la creación. Seres santos habitaban este lugar; el río Ganges, de aguas santificadas, corre a sus pies como un collar de perlas.

En Benarés reinaba antiguamente el rey Prapamukta, quien destruía con su valentía las tribus hostiles, al igual que el fuego destruye fácilmente los bosques. Tenia un hijo, Vajramukta, cuya belleza era incomparable; su coraje y su fuerza quebraban la soberanía de sus enemigos.

Vajramukta, el hijo del rey, tenía por amigo al hijo del ministro, cuyo nombre era Bodhisarira. Pues bien, un día en el campo el príncipe se divertía con su amigo. Se dejó llevar, gracias a su gusto excesivo por la caza, lejos en lo profundo del bosque. En algún momento de su largo recorrido, el príncipe divisó un hermoso lago en cuyas orillas notó la presencia de una joven de belleza celestial que se encontraba, junto con sus doncellas, tomando un baño.

La doncella poseía un rostro que eclipsaba la belleza de la Luna. En el esplendor de sus ojos se diría que habitaba otro maravilloso lago de aguas azules y profundas. En un solo instante robó el alma del príncipe Vajramukta, quien completamente enamorado y sorprendido preguntó a su amigo Bodhisarira quién podría ser aquel ángel encarnado que habitaba el cuerpo de la hermosa doncella.

La doncella, fingiendo divertirse, gesticuló varios signos con sus manos, destinados a indicar al apuesto príncipe su procedencia y nombre. De su cesto de flores apartó un loto azul que se puso en la oreja, tras haberla labrado en forma de dentículo. A continuación puso sobre su cabeza un nenúfar y, por último, colocó expresamente una mano sobre su corazón.

Aunque el príncipe no reconoció los signos que la doncella mostraba con sus manos, sí lo hizo el perspicaz hijo del ministro. La joven, luego de describir con sus manos los signos, partió inmediatamente, conducida por sus doncellas de vuelta a casa, donde permaneció con sus pensamientos atada al joven príncipe.

A su vez, el príncipe regresó a su palacio; su amigo, sin embargo, le veía triste por la separación de su amada.

—“Me encuentro desdichado porque nunca más sabré nada de mi amada”, le dijo el príncipe al hijo del ministro. “No sé su nombre, ni quién es su familia, ni siquiera sé dónde vive”.

—“No debes preocuparte por ello”, le contesta Bodhisarira a su amigo príncipe. “Ella con sus gestos contestó a todas tus preguntas. ¿Acaso no entendiste lo que con sus manos quiso decirte? Te explicaré. Con su loto azul en la oreja te decía: vivo en el reino de Kartopada. Con aquel dentículo laboriosamente labrado te decía: soy la hija de un tallador de marfil. Con el nenúfar que colocó sobre su cabeza te decía: me llamo Padmavati; y con la mano puesta sobre su corazón, te expresa su incondicional amor. Pues bien, mi querido príncipe, he investigado y efectivamente en el país de Kartopada vive un tallador de marfil de gran prestigio, que tiene una hija cuyo nombre es Padmavati”. Vajramukta, al escuchar las buenas noticias, se puso muy contento y agradeció a su amigo por la investigación hecha para encontrar las huellas de su amada.

Decidieron ir juntos en su busca, con el pretexto de cazar, encaminándose por la misma dirección por donde la vieron desaparecer. A mitad de camino despistaron a sus escoltas y llegaron al reino de Kartopada, donde pacientemente buscaron la casa del tallador de marfil.

Encontraron un lugar para pasar la noche. La posada estaba regentada por una anciana a la que preguntaron por el tallador. ¡Cuánta fortuna! La anciana era a la vez la nodriza de su amada, a la que el padre había otorgado desde el nacimiento el cuidado de su propia hija.

Ambos jóvenes agradecieron la información a la anciana y le pidieron el favor de llevarle en secreto un mensaje del príncipe, informándole de las ansias de este por volverla a ver después de conocerla hace ya días en el lago.

Rápidamente la anciana salió a cumplir el cometido que ambos jóvenes le solicitaron. Al regresar, les contó lo sucedido: «Sabiendo ya la doncella en secreto de la llegada del príncipe, me injurió y, con sus dos manos embarradas en alcanfor, me golpeó en el rostro en ambas mejillas». Fue tanta la humillación hecha a la anciana que regresó llorando y, tras contar lo sucedido, mostró las marcas en su propia cara a los jóvenes perplejos.

El príncipe cayó de nuevo abatido, como lo estaba en su palacio tras enamorarse después de ver a la doncella en el lago. Pero nuevamente el inteligente y perspicaz hijo del ministro, haciendo uso de su gran intuición, lo consoló.

—“¡No te sientas abatido! Tras conocer tu interés por ella injurió a la anciana y marcó sobre su rostro diez dedos blancos de alcanfor; ello simboliza que quiere hacerte llegar un mensaje. Debes esperar las diez noches próximas de esta quincena, pues el claro de luna no resulta propicio para vuestro encuentro”.

Tras consolar al príncipe, Bodhisarira fue al mercado a vender a escondidas un poco de oro que poseía. Volvió al rato con finos manjares que la anciana preparó y que los tres compartieron.

Los diez días pasaron lentamente. De nuevo mandaron a la anciana a la casa de Padmavati, con dulces y finos presentes como obsequio. Pasadas unas horas y de regreso, la anciana, nuevamente sorprendida y dolorida, les dijo a ambos aventureros: «De nuevo me ha reprochado haberle hablado de ti y me ha golpeado en el pecho con tres dedos embarrados de laca roja».

Conociendo al príncipe, el ministro intentó explicar nuevamente el mensaje que se ocultaba a través de dichos símbolos:

—“No te preocupes sin razón”, le dijo su amigo a Vajramukta.

—“La astucia de tu amada es grande. Con los tres dedos en laca roja marcados sobre el pecho de la anciana quiere dar a entender que su cuerpo está en época de reaccionar a la luna y deberás esperar aún tres noches más”.

Tres días pasaron. De nuevo la anciana fue enviada a casa de Padmavati. Esta vez la honró y le obsequió con bebidas y diversas prendas, atendiéndola amablemente y de continuo todo el día. Pero al anochecer, cuando la anciana se disponía a regresar a la posada, se escuchó en la calle a un elefante salvaje que había roto sus amarras y corría asustando a la multitud. Entonces Padmavati le dice a la anciana:

—“No conviene que regreses por la vía usual, está bloqueada por el elefante. Te subirás a una banqueta, te sentarás sobre ella suspendida de una cuerda y te bajaremos desde esta ventana grande hasta la plaza. Una vez en tierra, subirás por aquel árbol y franquearás la muralla para descender posteriormente por el siguiente árbol; de esta manera llegarás a tu casa”.

Al regresar a la posada, la anciana relató al príncipe y al hijo del ministro lo sucedido. El astuto Bodhisarira supo que, mediante el artificio del elefante, la doncella indicó la forma precisa para lograr el encuentro de los enamorados.

—“Ve pues hoy mismo, al anochecer, por el camino que ella misma ha descrito”, díjole Bodhisarira a su enamorado príncipe.

Repitiendo uno a uno los pasos que siguió la anciana para salir de casa de Padmavati, logró el príncipe finalmente acceder a su amada. Los enamorados se encontraron de nuevo por fin. Caricias y miradas llenaron la habitación de los amantes, donde el príncipe permaneció varios días.

Antes de que nuevamente el príncipe partiera de regreso a la posada, Padmavati preguntó a Vajramukta si aquellos signos hechos en el lago los había comprendido él. Vajramukta, siendo sincero, dijo que no comprendió nada en absoluto, pero que fue su gran amigo Bodhisarira quien intuitivamente los había descifrado por completo.

Llegado a la posada, el príncipe refirió a su amigo algunos de los pormenores conversados con su amada. A mitad de la conversación, una amiga y enviada de Padmavati llegó repleta de deliciosos manjares. El hijo del ministro, viendo sospecha en ello, evitó que el príncipe probara bocado; tomó algunas viandas y las dio de comer a un perro que, una vez las hubo probado, cayó muerto.

“Aprovechando mi perspicacia, tu amada ha enviado comida envenenada. Al parecer tiene miedo de no tenerte por completo o, simplemente, que regreses a tu palacio sin su compañía. Prefiere verte muerto que lejos en otra tierra”.

—“¿Qué debo hacer entonces? La amo sobre todas las cosas”, dijo el príncipe a su amigo Bodhisarira. “Ayúdame, eres inteligente, aconséjame un plan para lograr el corazón de mi amada”.

—“Idearé un plan, mi querido Vajramukta. Intentaré que sea la misma Padmavati quien se vea obligada a abandonar a su familia y te acompañe a nuestro país”.

Mientras Bodhisarira planeaba cómo llevar a cabo la promesa hecha a su amigo, empezaron a escucharse voces venidas de la calle. La algarabía traía la noticia de la muerte del hijo más pequeño del rey. Al escuchar lo sucedido, Bodhisarira esgrimió una sonrisa de complacencia que su amigo príncipe no logró entender.

—“Debes ir esta misma noche a casa de Padmavati. Hazle beber hasta que pierda la consciencia. Entonces aprovecharás la total embriaguez y le grabarás al rojo vivo y sobre la cadera una marca con un tridente que yo mismo te daré. Después, toma sus joyas y sal por la ventana con la ayuda de la silla y la cuerda; te esperaré aquí de nuevo en la posada”.

El príncipe obró según las instrucciones de su amigo y consejero. Llegó a la habitación de Padmavati y le dio de beber hasta quedar inconsciente. Marcó su cadera con el tridente al rojo vivo y tomó sus joyas. Posteriormente, se dio al escape a través del sillín articulado por la cuerda.

Mientras tanto, el hijo del ministro ya había trazado completamente el resto del plan.

Atavió al joven príncipe como un asceta y lo mandó al mercado a vender las joyas robadas a un alto precio para que nadie las pudiera comprar, lo suficiente para levantar sospechas y ser arrestado. Una vez fuera arrestado, dio instrucciones al príncipe para informar a la guardia que fue su maestro quien se las había dado para su posterior venta.

Tal y como habían planeado, el príncipe fue arrestado. La guardia le informó haber recibido la noche anterior la denuncia por el robo de dichas joyas a la hija del tallador de marfil. Ante la pregunta de quién se las había dado, el príncipe, haciendo de anacoreta y según lo planeado, expresó: «Me han sido entregadas por mi maestro, preguntadle a él».

El hijo del ministro, quien hacía el papel de maestro, también fue interrogado y contestó: “Soy un asceta, deambulo por los bosques. Pasé por azar a la noche por el cementerio. Vi un coro de brujas y en medio, conducido por una de ellas, al pequeño hijo del rey, a quien llevaban a los oscuros mundos dentro de la tierra. Mientras murmuraba mi rosario, una bruja de grandes poderes mágicos, harta de vino, intentó arrancármelo y en mi cólera le marqué la cadera con mi tridente y arranqué de su cuello ese collar. Ahora lo he puesto a la venta, pues no puede un asceta llevar decentemente un collar de esas características”.

Los guardias se dirigieron a la corte para poner al rey al corriente de lo sucedido.

El rey escuchó y juzgó que aquel collar pertenecía en verdad a Padmavati. Mandó averiguar con una confidente si efectivamente Padmavati había sido marcada en la cadera. Al confirmar sus sospechas, tuvo la convicción de que su hijo había sido llevado a los oscuros mundos bajo la tierra por aquella bruja.

El rey en persona fue a hablar con el hijo del ministro, que seguía disfrazado en su papel de maestro. Le preguntó por el castigo necesario para la joven bruja.

Convinieron en desterrarla de la ciudad y condenarla a vivir en el bosque. Padmavati, aunque estaba desconcertada, no se dejó ir a la locura, pues pensaba que todo era una estrategia del joven amigo del príncipe.

En efecto, al caer el día, y mientras lloraban las nubes en forma de lluvia, llegaron ambos jóvenes al bosque ya despojados de sus túnicas y encontraron a la hermosa doncella que los esperaba ansiosa. De allí partieron al nuevo reino que sería ahora su hogar.

El príncipe y Padmavati vivieron felices. En cuanto a su padre, el tallador, creyendo muerta a su hija y devorada por las bestias salvajes del bosque, murió de pena y tras él su mujer.

¿La muerte del padre y su esposa ha sido provocada por el hijo del ministro, por el príncipe o por la hija de estos?

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CUENTO NÚMERO 2

LA DIOSA GAURI, MADANA, EL ESPOSO Y EL HERMANO

En la maravillosa ciudad de Shavasti, donde permanecía en el trono el sabio rey Yasa, existía un templo dedicado a la diosa Gauri. Gauri nucleaba a todos aquellos devotos listos a realizar cualquier sacrificio, sin importar cuál fuera este. Gauri era adorada por todos aquellos que servían con idealismo a los demás, especialmente a los pobres y necesitados.

Todos los años al día decimocuarto de la luna menguante, en el mes de diciembre, una multitud de gente venida de todas partes iba en procesión a visitar el templo y bañar sus pies o su cuerpo en el lago que lo rodeaba casi por completo.

Pues bien, uno de esos años, un joven lavandero vino a bañarse al lago; su nombre era Devala. Vio en el estanque sagrado a la hija de otro lavandero, quien tenía por nombre Madana. Su corazón quedó cautivado por la joven. Desde ese momento la amó en completo silencio. Era tal el amor de Devala que desde el momento en que regresó del lago no volvió a probar alimento. El joven se abandonó a su suerte, estaba completamente enfermo de amor. La madre le preguntaba ansiosa por su falta de apetito, y él contestaba que se encontraba completamente enamorado.

—“¿Por qué te encuentras tan abatido hijo mío, —dijo su madre—, si es tan fácil conseguir lo que deseas? Si yo le pido al padre de Madana su mano, él te la dará. Nosotros no somos inferiores, pues tanto el oficio de su padre como el tuyo es el de lavanderos”.

Después de haber tranquilizado a su hijo, le pidió nuevamente que tomara alimento. Tanto hijo como padre se acercaron a casa de Madana. Se decidió finalmente entregarla en matrimonio a Devala y se sugirió una fecha de buen augurio para el enlace.

Los días pasan y el matrimonio llega; Devala y Madana vieron por fin cobrados sus deseos. Vivían en casa juntos y felices. Un día llegó el hermano de Madana a casa a visitarlos. Lo recibieron con cortesía; abrazos iban y venían por la felicidad de verlo de nuevo. Se acostumbraba en aquella época visitar el templo de la diosa Gauri con el fin de ofrecer el enlace entre amantes y obtener de ella su aprobación.

Partieron pues los tres, hermano, Devala y Madana, a ofrecer sus saludos a la diosa Gauri. Caminaron durante varios días hasta que finalmente llegaron a las cercanías del lago que rodeaba el templo. Metros después, y llegando a la entrada del templo, Devala pide a sus compañeros de viaje permiso para entrar él primero. Tanto Madana como su hermano esperaron fuera a que entrase y saludase la imagen de la diosa. En las paredes colgaban diversas espadas, símbolo del sacrificio que los devotos debían hacer por lograr la ayuda de la diosa. Igualmente colgaban del techo calaveras, como símbolo de la entrega a la diosa misma. El clima del templo era acogedor, aunque algo lúgubre. A la mitad del lugar se encontraba una gran mesa de sacrificios donde cada devoto entregaba en cada visita algo de sí en honor de Gauri.

Cuando Devala se acercó a la mesa a entregar un objeto de agradecimiento, la diosa se materializó frente a su devoto, situación que sorprendió completamente a Devala. La diosa irradiaba luz dorada sobre todo su cuerpo; sus ojos brillaban con tal intensidad que el devoto cayó a sus pies.

—“Gran Diosa, gracias mil por revelarte a mis ojos, —dijo Devala a la diosa—. Haré cualquier cosa que me pidas, pues eres dueña de mi mente y de mi cuerpo. Pídeme lo que desees y de inmediato lo haré”.

—“Hijo mío, —contestó la diosa—, deseo que tomes entre tus manos cualquiera de las espadas que ves colgadas en las paredes y con ella cortes de un tajo tu propia cabeza, —respondió Gauri

Devala, sorprendido por el pedido de la diosa, inicialmente dudó, pero entregado como era a lo divino y como había dado su palabra, optó por obedecer. Se levantó de inmediato, se acercó a la pared más cercana y tomó entre sus manos una espada muy filosa con la cual cortó de un solo golpe su cabeza.

Mientras esto ocurría en el templo, Madana y su hermano esperaban fuera preocupados. Pasaban los minutos y con ellos las horas sin que tuvieran noticias de Devala. El hermano resolvió finalmente entrar al templo, con el fin de conocer qué ocurría allí. Entró lentamente tras las puertas y las cerró, como era costumbre, a su paso. Dada la penumbra del lugar, caminó lentamente hasta acostumbrar sus ojos a la oscuridad del ambiente. Sorprendido, observó el cadáver de su cuñado; no entendía lo que pasaba. El cuerpo inerte con su cabeza separada y la espada, caída también en el suelo. Cuando recién empezaba a entender qué ocurría, notó la presencia luminosa de la diosa que llenaba el ambiente del templo.

—“Gran Diosa de inmensa sonrisa, gracias te doy por revelarte a mis ojos”, dijo el hermano ante la luminosidad de Gauri. Cayó también a sus pies y con los ojos inundados de lágrimas por sentir su cercanía. “Haré cuanto me pides, soy tu esclavo, pídeme lo que desees”.

—“Hijo mío, —contestó la diosa—, deseo que tomes entre tus manos cualquiera de las espadas que ves colgada en las paredes y con ella cortes de un tajo tu propia cabeza”, respondió Gauri.

Sin dudar por la solicitud de la diosa, el hermano se levantó de inmediato, tomó una de las espadas y de un tajo voló su cabeza, apartándola de un golpe de su cuerpo.

Afuera del templo esperaba Devala. No sabía qué pasaba dentro del lugar. Primero su esposo y luego su hermano habían entrado a saludar a la diosa Gauri, de la cual eran devotos, y no salían aún de él. Cansada de esperar optó, al igual que su hermano, por entrar y averiguar qué ocurría. Franqueó de nuevo las puertas y, a su paso, igualmente las cerró. El ambiente sombrío del lugar le impidió ver claramente lo que allí pasaba. Dando pasos cortos se acercó a la mesa de sacrificios y, pasados unos instantes, cuando su vista se acomodó a la oscuridad, notó sorprendida en el suelo los cuerpos y las cabezas separadas de Devala y su hermano. Antes de cualquier otra reacción de temor, Madana reconoció un brillo que llenaba el ambiente. Pasados unos segundos observó la presencia de la diosa Gauri; siempre el anhelo de su corazón fue poder vislumbrar la cercanía de la diosa y caer a sus pies a saludarla llena de devoción.

—“Gran Diosa que llenas mi corazón, gracias te doy por revelarte a mis ojos”, dijo Madana ante el brillo que producía la cercanía de Gauri. Cayó a sus pies con los ojos inundados de lágrimas por sentir su cercanía. “Haré cuanto me pidas, soy tu esclava, pídeme lo que desees”.

—“Hija mía, —respondió la diosa—, quiero que tomes entre tus manos cualquiera de las espadas que están colgadas en las paredes y con ella cortes de un tajo tu propia cabeza”, respondió Gauri.

Sin dudar por la solicitud de la diosa, Madana se levantó a tomar una de las espadas. Se preparó, tomando impulso para realizar el corte sin duda alguna. Al momento antes de realizarlo, la diosa le pidió detenerse.

—“Tanto tú como tu esposo y tu hermano me habéis demostrado la inmensa devoción que fluye en vuestros corazones. Ninguno de vosotros ha dudado en ningún momento por la orden que os he dado. Sin importar vuestra propia vida, me habéis obedecido por completo. No solamente te felicito sino que te otorgo el don que pidas, pues alguien con la pureza de corazón y la decisión que has demostrado es digno de recibir cualquier cosa que pida”, afirmó la diosa.

—“Divina diosa, sólo verte llena cualquier aspiración que mi mente tenga. Después de verte puedo incluso morir con una sonrisa en mi boca. Sin embargo, y siendo tú quién me lo pide, tengo un único deseo: quisiera que devolvieras la vida tanto de mi esposo como la de mi hermano. Si me otorgas ese regalo, mi vida tendrá nuevamente sentido”, contestó Madana a la diosa Gauri.

Dicho lo anterior, la diosa le otorgó a Madana su deseo: “Junta ahora las cabezas a los cuerpos y de inmediato cobrarán nuevamente vida”, dijo la diosa.

Ante la expectativa de que sus amados recobraran la vida, Madana se apuró a juntar los cuerpos y las cabezas, pero con tan mala fortuna que se equivocó al hacerlo. Tomó la cabeza de su esposo y la colocó en el cuerpo de su hermano; igualmente, tomó la cabeza de su hermano y la puso en el cuerpo de su marido. De tal forma, intercambió cuerpos y cabezas. De inmediato los cuerpos revivieron y la diosa desapareció.

¿Ahora, quién es el esposo y quién es el hermano?

 

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